viernes 20 de enero de 2012

Comida de oro


Minas Gerais es una de las 27 unidades federativas de Brasil, está ubicada en el sudeste del país y su capital es Belo Horizonte. Sus actividades más importantes son la minería, la metalurgia, las plantaciones de café, la producción de leche y la caña de azúcar. Es el estado que más presidentes ha dado al país y allí nació también Dilma Rousseff. Pero Minas es mucho más que todos estos datos concretos y ciertos. Su gastronomía es una de las predilectas y su característica podría resumirse en un término que no es menor a la hora de elegir una comida regional: “sabrosa”. Para llegar a enarbolar con dignidad tal estandarte, ha corrido mucha agua bajo el puente.
Hay hitos históricos que vale la pena recordar para buscar los cimientos de las actuales ollas. En el año 1674, el paulista Fernao Dias Paes inició la búsqueda intensiva de metales preciosos, oro y diamantes en la actual Minas Gerais. Fue conocido como “el cazador de esmeraldas”. La ambición y la necesidad de supervivencia hicieron que no se midieran los recursos disponibles. No había suficientes alimentos. Los artículos de primera necesidad, entre ellos comida y bebida, eran muy caros y era habitual el contrabando y las actividades al margen de la ley. Se recuerda la histórica Rebelión de Felipe Santos en 1720, una gran movilización por el abastecimiento de tabaco y aguardiente.
La cocina colonial minera tuvo sus cimientos con muy pocos productos disponibles. Esa escasez propició una de las características de su gastronomía, un mix de simpleza y sofisticación. A falta de carne bovina, el puerco era lo más consumido junto con frijoles negros, mandioca, jabá (carne secada al sol), tocino, sabrosos quesos y choclo elaborado de todas las formas imaginables: en harina, destilados, con ananá, en bizcochos, cuscús, cerveza y dulces. Los métodos de conservación más utilizados eran el ahumado y en grasa. Uno de los platos típicos era el angú de fuba (similar a la polenta) que, al decir de los refranes populares, “los ricos comían por gusto y los pobres por necesidad” aunque el producto “vedette” nunca dejó de ser el frijol, especialmente el negro o mulato.
La bebida más consumida era la cachaça sola, en ponches o mezclada con jugo de naranja, limón o jengibre y un capítulo aparte lo merece el café que era ofrecido a toda visita, como regla ineludible de buena cortesía familiar. Se lo molía y colaba en el momento. En la actualidad, Minas Gerais es el mayor productor nacional del producto.
Desde la colonia hasta hoy, muchos de los ingredientes y platos típicos siguen vigentes. La comida minera es una gastronomía que nació a partir de la fiebre aurífera. De la necesidad de alimentar a un puñado de exploradores en búsqueda de tesoros reales o de fantasía. Pero a partir de allí, de la creatividad para crear sabores genuinos con muy pocos alimentos, impuso un sello peculiar en el paladar brasileño. Por eso, si va a Ouro Preto, una de las ciudades más divulgadas en los circuitos turísticos, no deje de pedir un tutu de frijoles con torresmo (combinación de frijoles cocidos y triturados con harina de mandioca, tocino y cerdo), lomo de cerdo asado o gallina a la salsa parda con angú y quiabo (hortaliza brasileña). Y de postre, dulce de guayaba con queso. Y si está a dieta, no deje al menos de probar el imperdible café minero.

jueves 22 de diciembre de 2011

Galletita traicionera


La creatividad es un componente mágico, una alquimia que redescubre o transforma lo común en extraordinario. Escribir una historia policial con nombres de galletitas es encontrar otros significados, darle otra vida a esos elementos cotidianos y cercanos.
La letra de “Secuestro Express” es de Santiago Fernández, uno de los integrantes de “La quimera del tango”, grupo que nació en 2003 conformado además por Gonzalo Santos, Rodrigo Guerra y Julio Sleiman. El tema forma parte del segundo disco, “La muerte del tango”, editado por Oui Oui Records. Para disfrutar, escuchar, tararear y hasta comer sin culpa.

Secuestro Express

Por seguir mi VOCACIÓN dejé mi LINCOLN natal
Y me vine pa la JUNGLA, para la gran ciudad
Dejé mi CRIOLLITA por una PORTEÑITA
Que con su BOCA DE DAMA me supo conquistar.
Con un amor así yo estaba
Sin locas TENTACIONES, ni nada
Pero un día una voz desde LINCOLN me avisó
que mi linda CRIOLLITA desapareció
Y me fui en el tren de MEDIA TARDE
Decidido a enderezar la situación.
En el pueblo me esperaba la familia
sin SONRISAS en los rostros, pura preocupación.
Mi madre que fue siempre una DUQUESA
Los ahorros de su vida me confió
Y con eso, más lo que yo había juntado,
Se alcanzó la suma exacta y el rescate se garpó
A acabar con esta RUMBA, mi CRIOLLITA volverá
Pasaron unos días y nada
Pasaban las semanas, no venía.
Perder las esperanzas no quería
Pero al tiempo, comenzaba a desconfiar…
Recién hoy me DESAYUNO
Que fue toda una truchada
La TRAVIATA del secuestro
era pura MERENGADA
Es que fue mi CRIOLLITA,
Me embaucó como un tarado
Yo estaba juntando PEPAS
Y otro ya la había SALVADO
Que galletita me lastré
Mi CRIOLLITA me chantó un secuestro EXPRESS
Y yo me vine empaquetado, caí engrupido
Qué galleta me lastré, quedé SURTIDO.

viernes 25 de noviembre de 2011

Venezuela en Buenos Aires



Javier León Trujillo, nacido en Mérida y cocinero egresado del IAG, afirma que los platos más característicos de la comida venezolana son las arepas, los tequeños, el pabellón criollo, las empanadas de maíz, la sopa, el asado negro y muchos otros a base de pescados y mariscos.
El chef, alma mater del restaurante a puertas cerradas, “Arepita de manteca” cocinaba desde niño junto con su madre, los típicos platos de la zona de los andina. Todavía no existía la formación profesional en gastronomía y cuando vio la oportunidad, no dudó en profesionalizarse en Argentina. Trabajó en varios restaurantes, algunos de renombre y otros no tanto. Pero de todos aprendió y tomó el impulso para, junto con su socia en la vida, Aura Jiménez Barrientos, crearan Arepita: “nuestro emprendimiento es una marca de Venezuela en Argentina. Funcionamos como un servicio de catering para eventos y reuniones. Nos adaptamos a los requerimientos de las personas, vamos a su casa o lugar de reunión y planteamos un menú tradicional y contemporáneo. Adicionalmente, hacemos eventos a puerta cerrada donde recibimos a decenas de personas de todas las nacionalidades y edades para probar un menú especial y la convocatoria es por las redes sociales.”
A Javier también le apasiona el arte. Y lo transmite culinariamente: ”souce painting es el nombre más visceral que le he dado a un pasatiempo que me apasiona y que realizo desde 2005. Estaba trabajando en un restaurante de Venezuela y decidí, un día en que había poca demanda, hacer algo especial para los clientes. El abrebocas sería una pintura hecha en un plato con salsas y la gente lo usaría para untar sus panes. Quedó como un hobbie muy personal que seguí haciendo en Buenos Aires en restaurantes donde decoraba el plato con salsa y hacia una imagen, le sacaba una foto y después le ponía encima los alimentos. El cliente nunca se enteraba que previamente el menú tenía algo dibujado. Finalmente, se me dio por describirlo como una expresión de arte efímero cuyo lienzo son platos y la tinta son salsas comestibles, con un sabor bien definido, hechas con ingredientes premium. La intención es que el público disfrute lo pintado y con un pan borre y deguste el sabor de esas salsas combinadas, con la idea de proporcionarle una memoria gustativa de la imagen -por ejemplo si ve una pintura de Jimmy Hendrix- lo recordará con sabor a remolacha y porotos negros”.
El chef se prepara para hacer lo que más le gusta que es cocinar. Pero a su vez aclara, mientras se coloca el delantal, que el nombre de su pequeño emprendimiento –como él lo llama- es en honor a una canción infantil folklórica, herencia de crianza de madres y abuelas cuyo estribillo era, “arepita de manteca, para mamá que me da la teta, arepita de cebada, para papá que no me da nada.” Y agrega que el primer plato a salir serán unas imperdibles arepas (foto).


www.arepitademanteca.com.ar

viernes 7 de octubre de 2011

Arte&Gula


La muestra se llamó Gula y lejos de recrear imágenes a lo Botero, la propuesta remite a bacanales en donde el exceso no está en los volúmenes corporales sino en la densidad de los colores, la contundencia de los cuerpos, de la fruta y de la comida. Una estética particular.

“No está tan lejos el deseo sexual del gastronómico.” Esta afirmación corresponde al artista plástico Gabriel Perrone y alude a su última muestra de 10 óleos de gran tamaño, realizada en la Galería Holz de Buenos Aires. Y continúa, “hay cierta ironía en el deseo, en la atracción carnal y tiene que ver con el instinto humano y lo básico del hombre. No está tan lejos el deseo de comer jamón con tocar una teta. En definitiva, son cosas que satisfacen los sentidos primarios. Mi hijo Juan representa a Baco, con morrones, mucho rojo, uvas, pies, manteca”. Y agrega “mis cuadros no son eróticos, son sensuales, pero hay un exceso en la fruta, en el color, mucho rojo, naranja, amarillo. “
Gula es la tercera muestra del pintor que estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y luego de trabajar en el ámbito empresarial, retomó los pinceles hace diez años. Las exposiciones se iniciaron en 2004 y el apoyo de toda la familia fue y es fundamental para que la pintura tenga su tiempo y espacio en la rutina diaria: “me apoyan muchísimo mis dos hijos y mi mujer. Me empujan cuando me ven cansado y me incentivan a pintar. Mi sostén económico es mi trabajo en la gerencia de una industria textil, aunque siempre está en la fantasía vivir de mis cuadros.” Y en relación con la tan mentada frase “por amor al arte”, Gabriel Perrone asegura: “en mi segunda muestra, Carnaval Veneciano, realizada en el Faena Art District me fue muy bien y eso se traduce en vender. También es tener buenas críticas, trascender los halagos. Pero si minimizara la venta estaría mintiendo. Quedaría mejor diciendo que no me importa, pero no es así, da una sensación especial. Es algo que hiciste con placer y sacrificio y hay gente que paga para tener esa obra en su casa. Da una satisfacción muy particular.” Y retoma el tema de los deseos que encarnó también a través de la serie “Faunos”, su primera muestra en la Galería Isidro Miranda de San Telmo: “son una metáfora de la ironía del deseo, el fauno es ese ser de fantasía entre un semidiós, un animal y una bestia.”
El proceso creativo no se detiene. Y a la par de los cuadros que crea, también pinta y recupera muebles antiguos, especialmente cómodas: “los motivos los elijo yo. Si me piden un paisaje o algo abstracto, no puedo, no lo hago. Definitivamente no es lo mío. Puedo negociar la paleta pero no los motivos. El punto de mis pinturas es el ser humano, la persona, el cuerpo, me gustan muchos los pies de una mujer, me parecen muy sensuales. Estoy haciendo una serie en carbonilla, sin traicionarme porque el tema sigue siendo el desnudo. Soy de ponerle título a las cosas, necesito un rótulo para empezar, aunque después me desvíe. Me parecía piola la simbología entre el cuerpo y la comida y de movida pensé en Gula.”
Y el artista sigue contando que hay múltiples temas que lo movilizan para la creación: la ópera, el circo o cuestiones políticas y menciona a Daniel Santoro. Y no se agota allí el caudal de deseos del pintor que se autodefine como un buen cocinero: “me gustaría tener un restaurante, no hay nada más lindo que dar de comer a la gente.” Otro ámbito en donde el pintor podrá seguramente desplegar su obsesión por la composición básica del hombre: deseo, sexo y comida.

lunes 26 de septiembre de 2011

Monsieur Pan


“La culpa es de D´arienzo” afirma Olivier Hanocq, panadero, pastelero, francés y dueño, junto con Bruno Guillot, de L´epi Boulangerie. Se refiere al artista plástico, Miguel D´arienzo (Buenos Aires, 1950) de quien vio en Londres, hace más de 15 años, una muestra cuyos motivos – inmigración, multiculturalismo- lo motivaron a viajar y conocer Argentina.
Y aquí se quedó. En principio y por los resultados a la vista, la decisión no fue errónea. En este país se enamoró y también forjó un presente profesional sólido. Si bien los inicios, como era de esperar, no fueron sencillos. El destino, si es que existe, lo hizo conocer a Bruno en la Feria del Libro, durante la presentación de una colección de Dolli Irigoyen. Olivier afirma sobre su socio: “somos amigos antes que nada. Siempre tuvimos el sueño de hacer algo juntos y sobre todo una panadería. Entonces, lo que se dio es lo que soñamos. Además, dos cabezas piensan mejor que una. Él es muy creativo, sabe mucho de gastronomía y del tema comercial” y agrega: “lo nuestro fue un desafío, ni siquiera hicimos un estudio de mercado antes de abrir, nadie nos conocía, no estábamos en televisión, algo que después nos sirvió mucho”.
La apuesta conjunta fue la inauguración en 2007, de L´epi Boulangerie, en el barrio de Villa Ortúzar. El objetivo era “hacer un producto sano y antiguo adaptado a nuestra época. La boutique es como un local detenido en el tiempo pero con técnicas de producción modernas. Y a esto le sumamos el concepto de masa madre, el trabajo manual y el horno a leña que es el protagonista principal.” Un horno que cumplió el último agosto cien años y que tuvo su merecido festejo con el típico cántico de celebración en español y en francés, tarareado por los más de cien invitados al singular evento.
Pero en la bella París, y durante su adolescencia, Olivier no sospechaba aún que estar con las manos en la masa sería una de las máximas felicidades de su vida: “a los 17 años no sabía qué hacer, soñaba con ser fotógrafo. Pensaba que si no servía para estudiar, algo tenía que hacer. Ahí surgió la posibilidad de entrar en Lenôtre, una pastelería parisina muy prestigiosa como aprendiz pastelero. Como no tenía el nivel de estudios suficiente, me propusieron algo más básico que era ayudante de panadería. Lo acepté siempre con la posibilidad de seguir luego con pastelería y entré empujado por mi mamá, Odette. Una experiencia totalmente nueva, no tenía idea, más allá de que me gustaba mucho comer pan, cómo era el trabajo de la cuadra. El equipo era fantástico, a cargo del panadero Joel Lemonnier.” Y sigue rememorando: “cuando llegué estaba medio perdido, era muy chico y ahí aprendí a no quedarme quieto. A los que se quedaban quietos, los corrían enseguida. ”
Las manos de Olivier acariciaron muchos panes y sería imposible saber cuántos. Pero sus pasos iniciales, titubeantes tal vez, no los olvida: “lo primero que hice fue tornear, no amasar. Recién a los dos meses empecé a sentir la masa, a experimentar placer, es un trabajo físico en donde de a poco le tomás la mano. Al principio no fue placentero, es un trabajo duro.”
Pero para vivir siempre se quiere y desea más y esto dice Monsieur Pan sobre su futuro: “No soy fanático de las franquicias, no sueño con tener un imperio. Lo mío es tranquilo. Queremos seguir haciendo calidad sobre todo. Pero me gustaría tener un espacio más grande para tener en un mismo espacio, una mayor producción -siempre con horno a leña- un poco más de venta y una escuela modelo para recibir alumnos de toda Latinoamérica.”
Olivier es panadero y pastelero, dos pasiones confesas que conviven en un mismo hombre. Y se llevan muy bien. Porque aún hoy, luego de tantos años y sueños cumplidos, el parisino afirma que tener las manos en la masa, es lo que más ama hacer día a día.

L´épi Boulangerie
Roseti 1769 - V. Ortúzar
Tel: 4552-6402